Hacer el odio. Parte I

Lo que nosotras pensamos mientras ustedes se ponen el condón

Discúlpeme por no haberle escrito ayer. Me fui a hacer el odio con D.
Terminé de leer el libro de A. P. Tres páginas antes de acabar creí que narraría la tarde de su suicidio. Pero no. Sólo me llevé la sorpresa de que no fue uno, sino tres, los intentos por acabar con su vida.

Una inhalando gas, otra tragándose pastillas y una más queriendo ahogarse.

¿Qué tendremos los que nos dedicamos al escribir que terminamos ahorcándonos con nuestras propias manos?

Algunos, como Hemingway y Thompson —Ya le había contado de H. S. Thompson, el que mi editor de SoHo me pone de ejemplo para crear temas—, eligieron la rápida y facilita. Tiraron del gatillo y sanseacabó. Pero A. P. nunca recurrió a un arma. Tenía claro que su dolor en vida merecía liquidarse con más respeto.

Dieron las 11 de la noche, página 502, año 1971, una…

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