Sangre Azul

Más que un equipo de fútbol, esto es una pasión que se lleva adentro, compadre, algo que te toca las fibras más intimas del corazón, algo con lo que nunca voy a permitir que me agarres para el hueveo; no sé si me voy dando a entender. Al principio eran las pichangas en el barrio, las primeras fiestas, toda esa cantidad de minas que nos pescábamos juntos. Después cambiaste, después del noventa y uno te convertiste en uno de ellos y hasta ahí llegamos juntos no más; yo no te pude seguir, tú no me pudiste seguir a mí, así es la vida.

Me acuerdo, éramos los reyes de la jarana, las noches de fin de semana temblando a nuestro paso. Me acuerdo, compadre, cómo la Gran Avenida se nos abría de piernas en las discotecas, cómo los ingenieros de la Compañía de Cervecerías Unidas se quebraban la cabeza ideando la forma de satisfacer nuestras gargantas.

¿Puedes recordar la liguilla del ochenta, compadrito? Los dos juntos en el estadio, pendejos todavía los dos, pero ahí, en donde todo quemaba con un calor que nadie más conocía, debajo del marcador, vibrando con el penal que el loco Carballo le atajaba al llorón del Carlitos Rivas y luego ese paso largo para el chico Hoffens que corría solo por la derecha dejando atrás a los cogoteros, la pelota que recibía el Turco Salah y el Turco enchufándola con tuti adentro del arco, con Adolfo Nef y todo adentro, rompiendo la red en el minuto ochenta y nueve. La “U” dos, cogoteros uno, la “U” a la Copa Libertadores de América y nosotros más felices que la cresta.

No podía saber entonces que lo que te gustaba a ti no era el sentimiento, la pasión, sino el gustillo a triunfo. No dijiste nada cuando el Turco se fue de entrenador a Colo Colo; de a poco comenzaste a abandonar los estadios. Cuando bajamos a segunda, amenazaste incluso con abandonar el equipo.

Lo pasábamos bien, sí, pero al mismo tiempo eras bien traidor, conchetumadre. Te pegaste al televisor viendo la Copa Libertadores que ganó Colo Colo, me acuerdo clarísimo: yo salté con el gol de Boca en Buenos Aires y tú ahí, sentado en el asiento, mudo, bebiendo tu cerveza como si te hubiese dolido.

Ya todo estaba claro entonces, a la semana siguiente, cuando te vi en la calle celebrando el triunfo ante Boca aquí en Santiago. Te pudiste haber ahorrado el discurso: “Necesito un equipo que sepa ser campeón, viejo”, dijiste, y entonces pensé que algunos seres humanos pueden llegar a ser más arrastrados que un gusano incluso.
Supe que fuiste al Monumental para la final, te vieron con un mantelito blanco amarrado a un palo; supe que en Plaza Italia saqueaste tiendas de tan raja que estabas. Pero tu sello estaba ahí, viejo. Eras un palestino en medio de los milicos judíos, un yanqui rodeado de norvietnamitas. Llevabas el sello invisible de la “U” y por eso rompiste más vidrios que cualquier indio maricón.

Ahora te veo allí a través del lente de acercamiento, en medio de la Garra Blanca, con la cara toda pintada, creyéndote un guerrero mapuche antes de entrar en la batalla contra los españoles. Una cancha de fútbol nos separaba y tú no te das cuenta que te observo, ni sospechas que estoy acá. Olvidaste todo el hueveo, el carrete de cuando chicos. Ahora trabajas en una oficina y te descargas en el estadio. Me da risa, necesitas un equipo que sepa ser campeón.

Sale Colo Colo, sale la “U”. El ruido, los proyectiles y el papel picado inundan el aire y la cancha. Pera hay un sonido que apenas escuchas, que no presientes que es para ti. Hay un proyectil que se te clava en la mitad del pecho y entonces caes en medio de la Garra Blanca. Sólo entonces recuerdas que a la “U” nadie la traiciona.

Y, mientras te observo a través de la mira telescópica, veo que del corazón te brota sangre azul.

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